Los niños de Theresienstadt

Dedicatoria:

En memoria de la infancia que padeció los horrores de la guerra, sufrió suplicio y encontró el exterminio en los campos de la muerte.

A todos los niños de la Tierra que, aún hoy en día, padecen abusos de toda índole, vergonzosa injusticia y tortura.

¿Qué fue de sus sonrisas convertidas en acero y broza?

¿Qué fue de sus pequeñas almas, obligadas a jugar al borde de aquel abismo de funesta e insondable hondura?

¿Qué fue de sus grandes ojos negros, sin huella de malicia?

Brillante azabache de inocencia.

Y de la dolorosa ausencia traída por la soledad de quienes casi sin esperanza aguardan, algún día, la liberación.

Y volver a jugar en las calles, sin centinelas, ni muros, ni horizontes revestidos de brumas, sin alambradas, sin el silencio...

Y volver a tener un mañana...

O nada de lo que preocuparse realmente.

¿Qué fue de sus sonrisas grabadas en el interminable epitafio que cinceló salvajemente la mano de la vileza infame?

Con crueldad y sin misericordia, una a una, fueron sus vidas cercenadas como jóvenes espigas que una hoz infernal fuera segando.

Y en la mano de granito del verdugo; una cruz gamada forjada en hierro y sangre.

Sus latidos se detuvieron para siempre.

Y las últimas imágenes en sus retinas se condensaron en lágrimas.

¡Cuanto horror en aquella oscuridad que traía la premonición del exterminio!

Y el miedo... y la confusión... y no saber por qué no se les permitía volver a ver las radiantes lentejuelas del sol; que un instante antes aún relucía. No lo habían soñado.

¿Por qué no les dejaban volver atrás y contemplar por última vez las suaves y apasteladas tonalidades de la primavera o recordar el sabor del azúcar, el dorado y delicioso jarope de miel, o la escarchada fruta?

¿Por qué no les permitían simplemente dormir y poder despertar de nuevo mañana?

Todas sus voces, sus carcajadas, sus clamores, suspiros, murmullos y canciones...

Todos sus secretos...

Aquellas miradas plagadas de rincones y momentos.

Aquella fantasía nunca confesada... y que también ardió en llamas hasta reducirse a abrasados escoldos y espantosa humareda.

¿Arden los sueños?

¿Se vaporan realmente las lágrimas entre las llamas?

¿Se borran las imágenes de las retinas al quemarse?

¿Se convierten los ecos de las canciones en horripilantes chirridos y gemidos metálicos en aquellos oídos que se consumen entre vórtices de fuego?

¿Y la memoria?

¿Arde también la memoria?

¿Se calcina y con ella los colores, los sabores, los sonidos y la percepción del tacto?

¿Y el recuerdo de aquella piel perfumada con agua de colonia, las mañanas cuando de camino a la escuela la muerte aún disculpaba a los niños al verlos pasar?

¿Arden los ayeres?

De aquellos quebrados porvenires, no queda más que llanto y la desgarrada melancolía que les prodigan aquellos que les sobrevivieron y ahora, a la orilla del río en el que fue vertida su gris ceniza, rezan.

Y en sus oraciones por siempre se rendirá homenaje a aquellos que fueron arrojados al abismo para que desaparecieran en las profundidades la Historia... la Historia que nunca debió ser contada.

Mas, nadie olvida.

Ninguno olvidamos...

Nadie posterga la agonía de aquellas sonrisas convertidas en desmenuzados sarmientos y desmigajados brotes ensangrentados.

Nadie olvida aquellas venas exánimes, aquellas epidermis blancas y escuálidas de seres humanos pálidamente esbozados; como blancuzcas sombras emergidas de una mente delirante.

Allí murieron incontables anhelos y pensamientos, innumerables nombres que ya nunca más fueron pronunciados por bocas que callaron encerrando dentro un espeluznante grito de terror que se diluyó en un instante.

Y aquellos ojos de azabache...

Que aún parecen brillar inundados de exultante vida.

Como si aún existiera un modo de tender la mano hacia al pasado y liberarles.

Como si hubiera algún modo de hacer que su sonrisa fuera ciertamente perpetua y no un momento detenido para siempre, inerte, sin cromatismos y ominosamente mudo, como una abominable premonición de lo que habría de ocurrir.

Y sus almas... ¿a dónde fueron?

¿Pudieron encontrar el camino que lleva al cielo?

¿Pudieron verlo entre las llamas y la hedionda niebla que les envolvía?

¿Pudieron oír las voces de los ángeles que les llamaban entre el estruendo de las llamas del horno en el que se consumían?

¿O acaso sus espíritus partieron en silencio cuando la muerte los llamó entre las vaharadas de su invisible manto venenoso?

Es preferible creer que lo consiguieron.

Que alcanzaron la Gloria.

Que vuelven siempre en forma de señales que deja el viento al atardecer en el firmamento, en forma de ángeles que nunca se dejan ver, o quizá en forma de luceros. Pero hay que pensar en que, sin duda, lo lograron.

Aunque... es posible que no fuera así.

Y que todavía vaguen por las yermos y llanuras de la memoria, atormentados por el miedo y la confusión, desorientados y perdidos, sin poder volver atrás ni conocer el modo de seguir adelante.

Para que no sea mayor su agonía, si sus almas aún no han alcanzado su destino, siempre habrá una hora para recordarles.

Que sea nuestro sincero deseo de que nunca más haya sobre la Tierra el mismo sufrimiento; la luz que les guíe hasta el lugar donde les aguardan las fantasías, sueños y anhelos, que un día les fueron arrancados de cuajo.

Por ese motivo y razón, nunca nos permitiremos el más ligero descanso, sabremos recordar, y mantener viva, la llama que alumbre para siempre la aciaga noche a la que aquella infancia fue llamada.

Nosotros no olvidaremos, ni perdonaremos, hasta tener la certeza de que yace, bajo las ruinas de la Vergüenza, el último de sus verdugos.

Fin

Declaración:

Este texto es de dominio público y no está sujeto a ningún derecho ni propiedad, puede ser reproducido, copiado y distribuido libremente. El autor renuncia a cualquier facultad que pueda desprenderse de su autoría.

B.B.B.

Para cualquier comentario, sugerencia o colaboración sobre la presente:

Dirección de Correo Electrónico Pública: misionjupiter@hotmail.com

Dirección Alternativa Servidor ISP: rhamnes@ono.com

 

Benito Barcelo Bennasar (BBB)
misionjupiter@hotmail.com
AGOSTO 2005

s

 

[ 1939-1945 - La Segunda Guerra Mundial - Los años que cambiaron el mundo © 2002 ]